La cifra de cuerpos recuperados sitúan a la investigación como la segunda en importancia detrás de la de San Rafael
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| Vista de la fosa tomada justamente después de la retirada de los cuerpos de las víctimas. La Opinión |
LUCAS MARTÍN 26 Junio 2012
Un
agujero de veinticinco metros de largo, casi en línea recta. Las palas
se callan, el cementerio se reconcilia con el canto de los pájaros.
Cerca de la última hilera de tumbas de cal, Andrés Fernández,
arqueólogo, ajusta la cámara para captar la hondonada en toda su
longitud. Con ese gesto comienza el final de los trabajos de exhumación
de la fosa común de Teba, que han permitido recuperar los restos de 151
personas, 26 más de las que se pensaba cuando comenzó la investigación,
en la última semana del pasado febrero.
Se
trata, ya oficialmente, de la segunda excavación más voluminosa de las
que se han completado en España, después de la de San Rafael, en Málaga.
Las conclusiones, que ultima el equipo de Fernández, director del
proyecto, señalan a una represión brutal, con episodios como la Noche de
los 80, en la que fueron aniquiladas un total de 84 personas. Los
cuerpos de todos ellos han sido encontrados en el centro exacto de la
fosa, que ha sido vaciada y catalogada con depósitos individuales para
cada uno de los restos.
En el
lugar donde reposaban los fusilados se percibe ahora una escala de
tierra. No es difícil advertir una nueva dimensión del vacío y del
silencio. Teba, devastada por la Guerra Civil, encuentra la respuesta
definitiva a las preguntas que han estado persiguiendo a buena parte de
sus familias desde 1937. A diferencia de San Rafael o Alfarnatejo, los
arqueólogos han confirmado directamente la pista sin necesidad de
auscultar nuevos franjas del terreno, lo que ha revertido en la rapidez y
en la eficacia de una exhumación que también gana la consideración de
modélica, ajena a las polémicas que rodearon la aprobación de la ley de
memoria histórica.
Juan
Fuentes, coordinador de los trabajos, elogia la meticulosidad de los
arqueólogos y habla de una recuperación especialmente sensible por dos
aspectos: la siniestra relación entre el número de víctimas y la
población total de Teba–a los aniquilados en el cementerio se suman los
trasladados en San Rafael, documentados por el historiador Francisco
Espinosa– y la cantidad de descendientes directos, que tiene su relación
en la juventud de muchos de los ejecutados, que no llegaban a los 25
años.
Más
de cuarenta personas han seguido la excavación en calidad de hijos de
los fallecidos; muchos de ellos desde fuera del país Fuentes recuerda a
un vecino de Washington, que ha estado en permanente contacto telefónico
desde que comenzó el proyecto.
La masacre de Teba, reconstruida por los investigadores, que han contado con un equipo de diez voluntarios, se diferencia de la de otras localidades de la provincia por la confluencia de circunstancias que avivaron la enemistad en los años anteriores a la guerra; la historiadora Maribel Brenes habla del apodo de Rusia chica que distinguía popularmente al pueblo y, sobre todo, de los sucesos de 1934, marcados por días de revueltas, huelgas y violencia.
La masacre de Teba, reconstruida por los investigadores, que han contado con un equipo de diez voluntarios, se diferencia de la de otras localidades de la provincia por la confluencia de circunstancias que avivaron la enemistad en los años anteriores a la guerra; la historiadora Maribel Brenes habla del apodo de Rusia chica que distinguía popularmente al pueblo y, sobre todo, de los sucesos de 1934, marcados por días de revueltas, huelgas y violencia.
Los
cuerpos recuperados en el cementerio fueron asesinados, en su mayoría,
entre febrero de 1937–la Noche de los 80 discurrió entre el y 24–y
septiembre de 1936, al inicio de la guerra. En la primera oleada, con
las balas de las tropas fascistas en el aire, miles de vecinos
emprendieron la huida; algunos se resguardaron en las fincas de
Casarabonela, otros alcanzaron el frente o huyeron hasta la frontera con
Francia. Después de la toma de Málaga, en 1937, muchos hicieron caso de
la falsa aministía dictada por el bando de Franco, que anunciaba
indultos para aquellos que no hubieran cometido delitos de sangre.
Los
historiadores describen una caravana de familias a la entrada del
pueblo. Había, incluso, vecinos que habían dado marcha atrás desde la
carretera de Almería. No hubo perdón. A partir del 12 de febrero, las
casas fueron convertidas en cárceles improvisadas. Comenzó el baile
sórdido de los nervios, de las delaciones. Hasta que llegaron los
primeros paseos al cementerio, situado a un kilómetro del pueblo. «La
mayoría de los fusilados no estaban señalados políticamente. Los que
habían tenido protagonismo habían huido», explica Brenes.
Fuentes
completa el inventario de víctimas; mujeres detenidas por haber bordado
una bandera, jóvenes a los que se había visto en manifestaciones.
«Ninguno tenía delitos de sangre», indica. En la Noche de los 80, fueron
aniquilados en grupos de diez. Una sucesión de ejecuciones en mitad del
silencio de la madrugada. Fernández cuenta que en los primeros estratos
de la tierra comenzaron a surgir proyectiles. Los cuerpos, al igual que
en San Rafael, yacían arrojados sin ningún tipo de planificación
previa, alineados en posturas caprichosas. Muchos de los restos
presentan signos de violencia; los intentos de huida, de rebelión, se
tradujeron en saña y huesos rotos.
Adiós al anonimato
La
investigación, promovida por la Asociación por la Memoria Histórica de
Antequera, ha logrado, además, restaurar los nombres y apellidos de cada
una de las víctimas. Ya no hay anonimato en el camposanto, donde los
cuerpos se mezclaban con las raíces de los pinos. Quedan, eso sí, otros
puntos del recinto en el que se aventura el enterramiento de fusilados,
aunque en una época posterior al fin de la guerra. Son miembros de las
partidas de maquis que merodeaban en la zona, que fueron arrasadas sin
la mediación de ningún tipo de proceso. En 1949 la imagen de España
había cambiado y Franco no quería que trascendiese la existencia de
guerrilla. Se les consideraba bandoleros.
La
historia negra de Teba marca también las fases de la represión nacional.
Una de las hipótesis a las que se refiere el equipo es la explicación a
la datación de los cadáveres encontrados en la fosa. La entrada de los
nacionales, y su sanguinaria reacción, no significó el fin de las
represalias en Teba, sino un nuevo modo para llevarlas a cabo. A partir
de 1937, los nacionales quisieron envolver las ejecuciones con una mayor
cubierta judicial, una pantomima, sin garantías legales, pero que
probablemente significó el traslado de los ejecutados a las cárceles y,
posteriormente, a San Rafael, donde fallecieron más de 4.000 personas.
Una
vez finalizada la exhumación, las familias se plantean la posibilidad de
identificar los cuerpos, que dependerá de los requerimientos
económicos. De momento, los investigadores, con Andrés Fernández a la
cabeza, han intentado extremar la precisión a través de los métodos
arqueológicos. Se ha estudiado la ubicación de las víctimas y los datos
disponibles de las ejecuciones con el objetivo de recabar la máxima
información de cada uno de los restos, que ya descansan en cajas
individuales. La ley establece la búsqueda de una sepultura
identificativa y conjunta, en caso de que no prosperen los exámenes de
ADN. Será, de cualquier modo, la última fase de unos trabajos esperados
durante setenta y cinco años. «La única manera de cerrar heridas es
abrir las fosas y por fin se ha hecho», sentencia Fuentes.

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