martes, 28 de febrero de 2012

El silencio de la Loma de los Muertos (Málaga)

Un vecino de Istán (Málaga) halla restos humanos de posibles asesinados del franquismo

Restos hallados en Istán (Málaga) en el lugar donde fueron fusilados cuatro republicanos. / JULIÁN ROJAS

Málaga El País Febrero 2012
 
Hasta la Guerra Civil, el paraje, una empinada finca de alcornoques, higueras y olivos a la orilla de un camino carretero, se llamaba Loma de Santiago. Tras la contienda y la feroz represión franquista posterior a febrero de 1937, la zona recibió una denominación popular mucho más macabra: la Loma (o lomilla) de los Muertos. Estamos a las afueras de Istán (Málaga, 1.521 habitantes), un paraíso de verdor y silencio a caballo entre Marbella y la Sierra de las Nieves.
Aunque de puertas afuera casi nadie habla de ello, la memoria colectiva del pueblo recuerda que en ese pago —que el catastro denomina púdicamente Salto del Puerco— cuatro vecinos simpatizantes de la izquierda fueron asesinados por un batallón de falangistas en las jornadas posteriores a la entrada de las tropas de Franco en la provincia. Eran Francisco Rivero, Juan Toro, Manuel Granados y Miguel Tineo.
El pasado lunes, dos vecinos de Istán descubrieron que en ese trozo de terreno, cuyos dueños no se han atrevido a labrar, asomaba la punta de una suela de alpargata roja, y sobre ella había dos pequeños huesos. Los vecinos acudieron al médico del pueblo, José María Rejón, quien certificó que los restos eran de origen humano. El doctor avisó por escrito del hallazgo al alcalde, José Miguel Marín (IU), quien puso el caso en conocimiento de la Guardia Civil. Ayer una patrulla del instituto armado inspeccionó el lugar, y está previsto que hoy acuda a la Loma de los Muertos un forense enviado por orden judicial.
Será el juez quien decidirá si se excava la zona para ver si hay más restos y si se comprueba que pertenecen a los fusilados de 1937. “En el pueblo no ha habido ni afán de venganza ni deseo de recuperar los cuerpos”, afirma el regidor. Únicamente algún familiar de los asesinados pidió que, al fallecer, sus cenizas fueran esparcidas por ese paraje, en el que un carril de hormigón que ha sustituido al antiguo camino carretero.
Ana Guerrero, de 81 años, es una de las depositarias de esa memoria colectiva. Su padre, Antonio, fue obligado por los falangistas a enterrar a los cuatro asesinados en la lomilla. “Mi madre me contó que mi padre se quitó la chaqueta para tapar a uno de los fusilados y que no le cayera tierra en los ojos”, recuerda Guerrero. Un mes más tarde, el propio Antonio fue llamado por el alguacil del pueblo para que se presentara en el cuartel de la Guardia Civil. Su familia nunca más volvió a verle.

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