jueves, 23 de febrero de 2012

Salamanca. Así fue el terrorismo falangista.


La señora Alejandra: "Me violaron cinco falangistas delante de mi marido"



ÁNGEL MONTOTO Interviu nº 177

Cuarenta y pico años sin hablar. Cuarenta y pico años sabiendo que el cuerpo del padre, del hermano, del marido, yace mal enterrado al borde de cualquier camino. Cuarenta y pico años de rabia contenida y miedo desbordado. Los asesinos han seguido allí, haciendo que convivían... Salamanca conoce muy bien la historia de aquellos falangistas que no fueron a montar guardias junto a los luceros porque lo suyo no era la trinchera, sino el robo, el asesinato y la violación. Por primera vez, algunas de las víctimas relatan a INTERVIÚ lo que fue aquella grosera represión.
-Al diputado Manso le colocaron banderillas negras antes de rematarlo.
Todavía lo cuentan en voz baja, mirando desconfiadamente a uno y otro lado, con un algo de escalofrío perenne. La historia de los rejones, en cualquier caso, parece no ser cierta: al diputado Manso, simplemente, lo asesinaron en un repecho del monte de la Orbada. No obstante, resulta significativa la versión de la «corrida» que precedió al crimen, pues nos da la medida del terrorismo que se le supuso a la retaguardia salmantina.
-Cuando los militares se sublevaron -me explica doña Fe, viuda del diputado Manso- le dije a mi marido que nos fuéramos, pero el me contestó que nada malo había hecho y que debía quedarse en Salamanca... Sí, si, los primeros días de la guerra mi marido no creía que le fueran a hacer nada, pues siempre había actuado transpárente y todos aqui conocían su honestidad. Se equivocó: nos saquearon la casa y a el se lo llevaron preso... En efecto, fue el dia veinticuatro de julio, la víspera de Santiagomatamoros, cuando lo asesinaron. Aqui nadie queria, o se atrevía, a hacerlo, pero el general Cabanellas dio el visto bue­no, aunque ahora su hijo lo niegue; en fin. el caso es que lo sacaron de la cárcel y sin juicio ni diligencia alguna se lo llevaron al monte y alli lo asesinaron... Fue a buscarlo a la cárcel Bravo, que luego seria director del periódico «La Gaceta Regional» y alcalde franquista de Salamanca; Bravo fue uno de los más responsables de aquí... Me han dicho que cuando Bravo fue a sacar de la cárcel a mi marido y a Prieto Carrasco, que había sido alcalde durante la República, les explicó que los trasladaban a Valladolid, pero cuando Prieto Carrasco guardaba sus cosas en un maletín mi marido le puso una mano en el hombro y dijo: «No necesitamos equipaje. Nos llevan a fusilar», y luego se giró hacia Bravo y le llamó matón y asesino y qué se yo cuántas cosas más... Desgraciadamente, Pepe, mi marido, tenia razón: se los llevaron a La Orbada y alli, al borde de un camino, los asesina­ron juntos... ¿Confesarse, dice usted? ¡ Esto es un cuento! Mire, yo soy muy cristiana, escríbalo usted, y le aseguro que la historia de que mi marido pidió confesar es mentira. Mi marido tenia la conciencia tranquila, era un hombre bueno que siempre ayudó al débil y por eso le asesinaron; asesinaron su conciencia tranquila.
Doña Fe, generosa y entera, nos cuenta muchas más cosas de aquella juerga sucia que fue la represión franquista en Salamanca. Habla y no acaba de ese personaje con nombre de tebeo, Diego Veloz, hijodalgo neófito y terrateniente, que asoló con sus hordas falangistas los humildes hogares del campo salmantino. Historias y más historias, todas rezumantes de odio y sangre.
El Golpe de Estado rápido había fracasado y los militares necesitaban una retaguardia que no crease problemas; para ello nada más fácil que cerrar los ojos ante el terrorismo de los falangistas. INTERVIÚ ha elegido al azar varios pueblos, a caballo entre La Armuña y la carretera de Madrid, como muestra de la represión fascista en la provincia de Salamanca.
«LES IBAN CANTANDO EL ENTIERRO»
Hemos llegado al Pedroso de la Armuña y ni una brizna de viento alivia el calor despiadado, seco; tampoco alivió, el 9 de agosto de 1936, la espera de Valentin Póveda Gallego, Paulino Póveda Gallego, Salvador González Gómez, Agustín González Herrero, José Caballero, Manuel Martín y Simón Rodríguez. A los cuatro primeros los asesinaron en el monte de La Orbada; el resto cayó en la Fuente de la Platina, junto a las tapias del cementerio de Salamanca. No tuvo mejor suerte Manuel Herrero, fusilado tras un conciso juicio de un tribunal militar. Los crímenes de estos ocho hombres se reducían a su condición de izquierdistas; en El Pedroso ni siquiera había habido enfrentamientos sociales graves, pero el 8 de agosto una mano misteriosa empuñó una pistola y disparó al aire; el 9 llegaban los falangistas.
Todo el pueblo sabe que quienes llamaron a los asesinos fueron Don Manuel, cura párroco; Marcelino García, que hasta hace poco tiempo fue alcalde; Agustín Franco y Emilio Martín.
- Don Manuel, el cura -asegura la viuda de José Caballero- fue una piel de las malas, fue el peor; ahora vive en Salamanca y dice misa en la iglesia de San Juan Bautista.
El escritor Agustín Salgado, que próximamente publicará su novela «La Grama» sobre los asesinatos del Pedroso, nos explica:
-En efecto, la responsabilidad de don Manuel fue enorme: él llamó a los falangistas y él confesó o trató de confesar a los ocho detenidos... Si, eran nueve que iban a llevarse el primer día, pero a última hora y gracias a las influencias de uno de la CEDA, dejaron libre a don José, el médico, que asi logró salvar su vida... Ahora el cura niega que confesase a aquellos hombres, dice que él no sabia que los fueran a fusilar pero, aún asi, le queda la responsabilidad de no haber impedido que se los llevaran. En otros pueblos, los menos desgraciadamente, el cura se opuso a los falangistas y allí nada ocurrió.
-El dia nueve -continúa la viuda de José Caballero- se nos dijo que nadie saliera de sus casas... Si, dieron un pregón antes de la amanecida y ya a las 9 de la mañana vinieron a buscar a mi marido. Armaron mucho alboroto y mi hijo, que era un niño, empezó a llorar y al padre le dieron una patada tremenda porque les dijo que no asustaran al niño. Despues se lo llevaron al ayuntamiento y allí lo tuvieron todo el día hasta que lo montaron en un camión... No, a mi José no Io mataron en La Orbada porque ellos mismos hicieron dos grupos: los que fusilaron inmediatamente y los que debían ir a la cárcel de Salamanca. Al llegar a Salamanca , tuvieron la desgracia de ser entregados a uno que IIamaban el Capitán Centellas y que era el padre de Don Manuel, el cura de aqui -en este punto no me acuerdo sobre si se trata del padre o del hermano- y el canalla dijo: «¿A qué me traes carne viva?». Aquella misma noche los asesinaron. Cuando nos enteramos, hacia dos dias que estaban muertos y los habían dejado sin sepultura: fue horrible despues de muertos les habían pasado un camión por encima... yo vi las marcas de las ruedas en el pantalón de mi José...


 
La viuda de Salvador González, Rosaura Gómez, le pregunta a su hijo Luis, que nos acompaña, si no les harán nada por contar «aquello». Luis la tranquiliza y la señora Rosaura apenas coge su pañuelo porque sabe que de «aquello» no se puede hablar sin que las lágrimas le acudan a los ojos:
-A Salvador lo vinieron a buscar, a las diez de la mañana los falangistas y dos de la «guardia cívica» del pueblo... ¡Ya lo creo que recuerdo sus nombres: Segundo Rodríguez y Emilio Martín, que ahora se ha retirado de sargento de la Guardia Civil Total que se lo llevaron al ayuntamiento para interrogarle pero no encontraron como encausarle. Salvador nada habia hecho y le dejaron en libertad; pero al cruzar la plaza se topó con dos del pueblo que dijeron a los falangistas que a que soltaban a «ése, que es de los peores» y le volvieron a detener...
¿Los dos de la plaza? Si, eran el Baltasar García y el Teodoro Rodríguez... Si, logré verle; le llevé algo de dinero, un papel y un lapicero, para que me escribiera desde donde fuera a estar, y café. No quiso el café y se abrazó de mi y del niño éste -señala a su hijo Luis- que tenia nueve meses. Por la tarde los subieron a un camión, atados, y ya en el camión les cantaban el entierro... si, si, los falangistas se reían de ellos y les cantaban el «réquiem», pobrecillos. El resto ya lo sabe: los asesinaron al borde de un camino...No, no acabó la cosa con estos asesinatos, que luego se llevaron también al Manuel Herrero; y a varias hijas de los fusilados las raparon y las hacian cantar el «caralsol»; lo mismo que a la viuda de Manuel Martín, que un día le cambiaba los panales a su hijo y decia en voz alta: «¡Que por cuatro sinvergüenzas te tengas que ver tú asi!» y se la llevaron al ayuntamiento y la ataron a una columna y tuvo que ir su padre a ponerse de rodillas para que la soltaran, pues tenia que dar el pecho al niño...
«ME VIOLARON CINCO FALANGISTAS»
-No recuerdo demasiado bien... no, no entren en casa... les daré la lista, pero no digan mi nombre.
Es el miedo, el miedo de Cantalpino. donde las hordas falangistas mataron a una mujer y a veintidós hombres; donde se robó y violó.
Juan Giménez, conocido como Juan Dinga, no teme «contarlo todo, aunque mi nombre salga en los papeles»
-Yo pasé en la cárcel cinco años y tuve suerte, porque a los otros los mataron.
Nos sentamos alrededor de una mesa con el señor Juan, con su actual esposa, la señora Alejandra, y con un hijo del primer matrimonio de ésta.

—Aqui asesinaron a muchos y a la Eladia Pérez, la Jaboneta, también. Fueron a buscar a su hijo Guillermo, a quien «pasearon» más tarde, y ella no quiso abrirles; así que el Cagalubias, Anastasió González, le disparó y la mató; luego la llevaron al cementerio y su cuerpo no cabía en la hoya y el Cagalubias le cortó la cabeza con la pala... ¿El Cagalubias? Ya murió el muy cabrón, y antes de morir deliraba y gritaba que le quitaran de encima a la Eladia... Los asesinos fueron gente del pueblo y forasteros... ¿Falangistas? Sí, falangistas, curas, frailes y hostias. Don Pablo Martín Dorado, el cura, era de lo peor, daba la bendición a los «paseos»... También les cortaron el pelo al cero a unas cien mujeres y,lloviendo y todo, las sacaron en procesión, la música tocando y los falangistas gritando arribaespaña y vivafranco y... ¡me cago en la madre que los parió!... A mi me hicieron muchas, pero a otras las violaron... ¡a ésta la violaron!
Durante unos segundos -siglos de asfixia, rabia y vergüenza- un silencio espeso llena la habitación. El hijo de la señora Alejandra aprieta los puños y traga saliva. Al fin. es él quien habla con una entereza y dulzura que nos ayudan a levantar la vista de los cuadros del mantel de hule:
—Yo sabia todo lo que pasó aquí, pero no sabia que a ti te hubieran violado...
-Si, fueron cinco falangistas-la señora Alejandra cuenta la historia y sus ojos parecen mirar hacia dentro de si misma- Sacaron de la cama a mi marido,que en paz descanse, el pobre, y le plantaron una pistola en el pecho,y allí, delante de él, me violaron. Unos me tenían cogida por los brazos y otros, por las piernas, y aquí Santa Inés, a lo que quieran hacer, y las pistolas encima de la cama... en presencia de mi Desiderio... ¡ Ei pobre Desiderio!...Además nos robaron todo lo que pudieron... Si, si, eran de aqui, de Cantalpino... ¿Qué si vive alguno? Pues si. Lorenzo Almaraz,llamado El Gordo, que vive en Valladolid, y su hermano Ángel Almaraz, que vive en Salamanca; los otros tres violadores murieron ya...
La señora Alejandra: “Me violaron cinco falangistas delante de mi marido”
Por desgracia, esta violación no fue un hecho aislado. En Poveda de las Cintas, a pocos kilómetros de Cantalpino, la historia se repitió, esta vez con la mujer del secretario del avuntamiento y los violadores aún viven: ___mundo Velázquez y Benigno ___cador.
Pero sigamos con Cantalpino. La amplia encuesta realizada por INTERVIÚ para encontrar a los falangistas responsables, por acción o por incitación, dió como resultado una larga lista de la que elegimos a tres personajes todavía vivos: Manuel Alonso -El Tarugo-, Benjamín Santos —EL Pielero— y Desiderio Andrés Hernández -El Boti___-
Manuel Alonso, al margen de otras responsabilidades, era el mandamás de la Falange en Cantalpino y sacó en procesión a mujeres que previamente habian sido rapadas. Su mujer dijo: «No quiere recordar ni quiere hablar de aquellas cosas. El no da explicaciones »
— A Benjamín Santos le sorprendimos en la calle.
—¿Participó usted en los sucesos de agosto del treinta y seis ?
— No, no...
—¿Hubo fusilamientos?
— Pues creo que sí los hubo.
—Aquí hubo fusilamientos y a usted le señalan como uno de los asesinos.
—Le han engañado o quiere usted decir una cosa por otra
Benjamín Santos, el Pielero, niega a INTERVIÚ que él haya sido uno de los asesinos.
Desiderio Andrés tampoco se reconoció culpable, al contrario:
—Ni participé en «paseos» ni preparé listas; a mi me hicieron jefe de Falange en febrero del treinta y siete, y desde este momento no se sacó a ningún individuo del pueblo, porque ésta fue la condición que yo le puse al jefe provincial, que no se llevaran a nadie si no era con una orden de la autoridad.
«LOS ASESINOS ERAN DEL PUEBLO»
Nadie mató. Sea como fuere, aquel veinticuatro de agosto la sangre no paró en Cantalpino. La impunidad de los asesinatos animó a los asesinos. Tres falangistas llegaron a Villoruela —menos de diez kilómetros de Cantalpino— y comenzaron las detenciones: Leonardo Cortés, Leoncio Cortés, Eustasio Ramos, Elias Rivas, Daniel Sánchez, Esteban Hernández, Francisco García y el chico de 18 años Benigno Hidalgo fueron encerrados, mientras las fuerzas vivas discutían su suerte. Ya de noche, los subieron al camión de Julián González. A los tres falangistas se les sumaron los fascistas del pueblo: Lucas Sánchez, Miguel González -que hasta hace poco fue alcalde— Laureano Vicente,Jesús Vicente, Carlos Holguera-de diecisiete años— Abundio Rubio y Matías Martín.
La viuda de Leonardo Cortés, dos de sus hijos y un hermano de Benigno Hidalgo, recuerdan aquella fecha sangrienta:
—El veinticuatro por la tarde hubo una tormenta tremenda, con inundación y esas cosas. Fue entonces cuando llegaron los falan-gistas y se juntaron con los del pueblo para hacer las detenciones; por cierto, cuando fueron a prender al Daniel, estaba todavía calado porque horas antes estuvo ayudando a todos, sin preguntarles si eran de izquierdas o de derechas... A mi marido lo vino a buscar Primitivo Conde, que era de sangre criminal y que aún anda vivo por Salamanca... Sí, se reunieron los falangistas y los del pueblo en casa del Cástulo de la Torre, y allí se decidió el asesinato y se nombró a los que debían ir...
La viuda de Leonardo Cortés con una fotografía hecha poco antes del asesinato
¿Que qué hacíamos nosotros? Bueno, pues dos de las mujeres de los detenidos, la María Engracia Cortés y la Angeles del Pozo, se fueron a pedir ayuda a las monjitas. pero las monjitas les dijeron que aquello era una Cruzada... Ya pasada la medianoche, los subieron a un camión, atados con cuerdas, y los llevaron al término de Salvadiós y alli, en una cuneta,los fusilaron... Si, fueron los del pueblo, que en los pueblos se sabe todo; incluso sabemos que Carlos Holguera no se atrevió y estuvo bocabajo en el camión para no ver lo que sucedía... Mi hermano. Benigno Hidalgo, trató de escapar y le dio una patada a uno, pero le alcanzaron a los cincuenta metros... Si, el Lucas Sánchez dice que él no mató a nadie, pero cuando se pelea con su mujer ella le llama asesino y le recuerda los ocho muertos... Los asesinos fueron siete del pueblo, el que llevaba el camión y los tres falangistas forasteros.
La familia de Leonardo y Leoncio Cortés junto a su tumba
Julián González conducía el camión. Lo despertamos de su siesta y le pregun-tamos si participó en el crimen:
—No, yo solo les llevé y tuve que alumbrarles porque era de noche.
—Alumbrarles ¿para que ?
—Bueno, pues... para el fusilamiento. Oiga, yo era un mandado.
—¿Lo llevaron a la fuerza?
—Mire usted, mi camión era de los pocos que habia por aqui y me llamaron y yo no sabia...
—¿Quiénes fueron los asesinos ?
—Falangistas, falangistas forasteros...
—¿ No había gente del mismo pueblo?
—No recuerdo, creo que no... ha pasado mucho tiempo.
Y, sin embargo, Julián González se traiciona porque cuando tiene que responder a la pregunta de «por qué», contesta que eran envidias y problemas particulares, incluso nos cuenta de una riña en un baile...Eso, riñas de baile o enseñar la Internacional, como el maestro de Cantalpino; cualquier excusa era buena para implantar el terror. Un terror que perdura en la provincia de Salamanca.
*Fuente : Interviú. nº 177, 4-10 de Octubre de 2004

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