martes, 28 de febrero de 2012

Familia Romero Leiva “Los del Molino” (Córdoba)


Familia Romero Leiva

Rafael Espino Navarro 25 Febrero 2012
 
Siempre es un grato placer, personal y humano, el poder recomponer y recuperar la memoria perdida y silenciada en el tiempo, de aquellas personas que sufrieron en sus carnes, la injusticia, el dolor y la muerte. Ésta es una de esas historias, recobrada única y exclusivamente por el recuerdo vivo de los protagonistas de aquella época. Recuerdo que permaneció oculto durante mucho tiempo transformado en silencio impuesto por el miedo. Hoy, el silencio se rompe y da paso a las palabras, para reclamar el derecho a saber y el deber al recuerdo de estas personas que desaparecieron, víctimas de la más absoluta barbarie.
Corrían los primeros años de la década de los 30 cuando Aguilar de la Frontera (Córdoba)celebraba el éxito victorioso de la coalición republicano-socialista que obtuvo la mayoría en las elecciones municipales del 12 de Abril de 1931. En la familia Romero, la alegría de aquella victoria se celebraba acudiendo a la Casa del Pueblo y a la sede de la Agrupación Socialista local, compartiendo con todos los compañeros la alegría lógica de la victoria electoral.
 De origen, humilde y campesino, del matrimonio de Manuela Leiva y de Antonio Romero nacieron tres hijos varones, el mayor de ellos Rafael, Antonio y Francisco Romero Leiva. La familia vivía en un antiguo molino de aceite a las afueras del pueblo posiblemente situado en las actuales calles Molino o Mata. El padre, Antonio Romero, trabajaba habitualmente en el molino y su esposa Manuela lo había hecho siempre, hasta antes de casarse, de sirvienta en la casa de unos señores que vivían en el Llano de las Coronadas.
Tras casarse, se fueron a vivir al molino y pasaba trabajando casi la mayor parte del año en una huerta situada a no mucha distancia de Aguilar (la Huerta del Aceituno). Sólo Rafael estaba casado. Lo estaba con Carmela La Gallega, mujer grande y corpulenta, con acento gallego y siempre inconfundible con su delantal blanco.
Todos eran miembros o simpatizantes del Partido Socialista Obrero Español. Tras la victoria en las elecciones municipales, los hijos mayores Rafael y Antonio consiguen cargos como empleados del Ayuntamiento. Rafael es nombrado encargado del depósito municipal (la cárcel local) y Antonio obtiene una plaza como guardia municipal. Antonio, el municipal, fue trasladado a Granada por encontrarse muy enfermo. (No sabemos exactamente si tras su vuelta continuó ejerciendo o por el contrario abandonó su trabajo.)
La vida de todos ellos cambiaría a partir del 18 de julio de 1936. Tras el golpe y después de tomar la Guardia Civil la localidad de Aguilar, a finales de ese mismo mes de julio comenzó la represión y el exterminio sistemático de todas aquellas personas que ocuparon cargos públicos, o tuvieron afinidad y relación con el régimen republicano.
Ese mismo mes, a finales de un mes de julio muy caluroso, detuvieron a Antonio. Días más tarde lo dejaban en libertad, gracias a las influencias de algunos elementos derechistas a los que él trató favorablemente desde su cargo de municipal. Por ello inexplicablemente pudo salvar la vida. No tuvieron tanta suerte el resto de su familia.
Buscando a Rafael, comenzaron los registros en el molino, donde vivía junto a sus padres y esposa. Éste huyó y se escondió en el pozo de la huerta donde trabajaba su madre. En el interior del mismo, estuvo escondido tres días. Al tercer día abandonó su escondrijo y les comunicó a unas vecinas amigas de su madre, que encontró en el camino de la huerta, que le dijeran a su madre y esposa que se encontraba bien y que huía del pueblo. (Estas dos mujeres fueron las últimas personas de Aguilar que lograron ver a Rafael, pues huyó a Francia, de donde nunca más volvió a España.)
Al buscar a Rafael y no encontrarlo, las represalias se dirigieron a su familia. Tras el registro de la huerta sin encontrar a Rafael, volvieron al molino. Preguntada la familia por el paradero del hijo, y no obteniendo respuesta alguna, ordenaron a Carmela que se pusiera el delantal en la cara, cubriéndose, para no ver lo que estaba a punto de suceder. Carmela se negó rotundamente y pudo contemplar como mataban allí mismo al padre de Rafael (su suegro) de un tiro en la cabeza. Después le tocó el turno a ella. Todo esto fue presenciado por Manuela Leiva, esposa de Antonio y madre de Rafael.
Al oír los disparos, el hijo menor, Francisco (de tan solo 18 años) acudió en ayuda de su familia, pero fue reducido, detenido y subido a un camión junto a otros hombres y mujeres, que corrieron su misma suerte. Nunca más nadie volvería a verlos con vida. Francisco, gritaba a su madre, mientras el camión se alejaba…
Los cuerpos permanecieron varios días en el exterior de la casa, fueron arrojados junto a la corraleta de los cerdos, para que sirvieran de escarmiento a todo el que pudiera verlos. Así lo dejaban bien claro y todos sabían lo que les esperaba si no estaban con el nuevo régimen que surgiría del golpe de estado a la república. Nadie supo, jamás donde fueron escondidos sus cuerpos. Nadie, se ocupó de registrar nunca sus asesinatos. Hoy todos ellos aún siguen vivos a efectos oficiales. Ninguna partida de defunción pone fin a sus vidas legalmente.
Manuela Leiva, perdió ese día a su esposo Antonio Romero, a su nuera Carmela La Gallega y a su hijo menor Francisco Romero. También perdió para siempre a Rafael. Nunca volvería a verlo.
Rafael Romero Leiva se exilió de por vida en Francia. Nos llegaron noticias de él por otros exiliados, que a su vuelta, pudieron dar fe de que Rafael Romero vivía. Contrajo de nuevo matrimonio en Francia con una española llamada Paquita y en los años noventa envió una carta con una fotografía, en la que decía: “… a nuestros queridos amigos y hermanos, en prueba de amistad y cariño. Rafael y Paquita”. A estas alturas, aún desconocemos si sigue vivo o tuvo descendencia. Hoy, a más de setenta años de estos sucesos, es una incógnita lo que fue de él. Todavía estamos buscándolo; AREMEHISA intenta encontrar su rastro o el de su familia en Francia.
Manuela, o Manolita, como la llamaban sus amigas, al quedar viuda, volvió con los señores, a los cuales servía cuando era soltera. Gracias a ellos, no sufrió las vejaciones terribles de que fueron objeto las mujeres, hijas, esposas y madres de los detenidos y desaparecidos, purgas, paseos en público desnudas, peladas al cero, etc.… Vivió con su hijo Antonio, aquí en Aguilar, hasta que falleció allá por los años sesenta. Acumuló todo el dolor que toda una vida pueda soportar… Su mejor amiga y confidente en los últimos años de su vida, la describe así:
“pasaba largas temporadas en nuestra casa. Nos hacíamos mutua compañía. Era pequeña y de un moreno… adquirido por el sol y el trabajo duro en el campo, totalmente arrugadita y muy delgada; parecía que no había nada debajo de su bata, de lo delgada que era. Lo que debió de sufrir la pobre, con el recuerdo del espanto y el dolor de perder a sus seres queridos… y esos gritos de su hijo pequeño llamándola y no pudiendo ella hacer nada. En nuestra casa se decía: “Manolita, ha sufrido tanto, la pobre.”
El dolor de Manolita es el dolor de tantas otras… Francisca, Dolores, Asunción… de tantas y tantas madres, mujeres y esposas…

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