![]() |
| Familia Romero Leiva |
Rafael Espino Navarro 25 Febrero 2012
Siempre es un grato placer, personal y
humano, el poder recomponer y recuperar la memoria perdida y silenciada
en el tiempo, de aquellas personas que sufrieron en sus carnes, la
injusticia, el dolor y la muerte. Ésta es una de esas historias,
recobrada única y exclusivamente por el recuerdo vivo de los
protagonistas de aquella época. Recuerdo que permaneció oculto durante
mucho tiempo transformado en silencio impuesto por el miedo. Hoy, el
silencio se rompe y da paso a las palabras, para reclamar el derecho a
saber y el deber al recuerdo de estas personas que desaparecieron,
víctimas de la más absoluta barbarie.
Corrían los primeros años de la década
de los 30 cuando Aguilar de la Frontera (Córdoba)celebraba el éxito
victorioso de la coalición republicano-socialista que obtuvo la mayoría
en las elecciones municipales del 12 de Abril de 1931. En la familia
Romero, la alegría de aquella victoria se celebraba acudiendo a la Casa
del Pueblo y a la sede de la Agrupación Socialista local, compartiendo
con todos los compañeros la alegría lógica de la victoria electoral.
De origen, humilde y campesino, del matrimonio de Manuela Leiva y de Antonio Romero
nacieron tres hijos varones, el mayor de ellos Rafael, Antonio y
Francisco Romero Leiva. La familia vivía en un antiguo molino de aceite a
las afueras del pueblo posiblemente situado en las actuales calles
Molino o Mata. El padre, Antonio Romero, trabajaba habitualmente en el
molino y su esposa Manuela lo había hecho siempre, hasta antes de
casarse, de sirvienta en la casa de unos señores que vivían en el Llano
de las Coronadas.
Tras casarse, se fueron a vivir al
molino y pasaba trabajando casi la mayor parte del año en una huerta
situada a no mucha distancia de Aguilar (la Huerta del Aceituno). Sólo
Rafael estaba casado. Lo estaba con Carmela La Gallega, mujer grande y
corpulenta, con acento gallego y siempre inconfundible con su delantal
blanco.
Todos eran miembros o simpatizantes del
Partido Socialista Obrero Español. Tras la victoria en las elecciones
municipales, los hijos mayores Rafael y Antonio consiguen cargos como
empleados del Ayuntamiento. Rafael es nombrado encargado del depósito
municipal (la cárcel local) y Antonio obtiene una plaza como guardia
municipal. Antonio, el municipal, fue trasladado a Granada por
encontrarse muy enfermo. (No sabemos exactamente si tras su vuelta
continuó ejerciendo o por el contrario abandonó su trabajo.)
La vida de todos ellos cambiaría a
partir del 18 de julio de 1936. Tras el golpe y después de tomar la
Guardia Civil la localidad de Aguilar, a finales de ese mismo mes de
julio comenzó la represión y el exterminio sistemático de todas aquellas
personas que ocuparon cargos públicos, o tuvieron afinidad y relación
con el régimen republicano.
Ese mismo mes, a finales de un mes de
julio muy caluroso, detuvieron a Antonio. Días más tarde lo dejaban en
libertad, gracias a las influencias de algunos elementos derechistas a
los que él trató favorablemente desde su cargo de municipal. Por ello
inexplicablemente pudo salvar la vida. No tuvieron tanta suerte el resto
de su familia.
Buscando a Rafael, comenzaron los
registros en el molino, donde vivía junto a sus padres y esposa. Éste
huyó y se escondió en el pozo de la huerta donde trabajaba su madre. En
el interior del mismo, estuvo escondido tres días. Al tercer día
abandonó su escondrijo y les comunicó a unas vecinas amigas de su madre,
que encontró en el camino de la huerta, que le dijeran a su madre y
esposa que se encontraba bien y que huía del pueblo. (Estas dos mujeres
fueron las últimas personas de Aguilar que lograron ver a Rafael, pues
huyó a Francia, de donde nunca más volvió a España.)
Al buscar a Rafael y no encontrarlo, las
represalias se dirigieron a su familia. Tras el registro de la huerta
sin encontrar a Rafael, volvieron al molino. Preguntada la familia por
el paradero del hijo, y no obteniendo respuesta alguna, ordenaron a Carmela
que se pusiera el delantal en la cara, cubriéndose, para no ver lo que
estaba a punto de suceder. Carmela se negó rotundamente y pudo
contemplar como mataban allí mismo al padre de Rafael (su suegro) de un
tiro en la cabeza. Después le tocó el turno a ella. Todo esto fue
presenciado por Manuela Leiva, esposa de Antonio y madre de Rafael.
Al oír los disparos, el hijo menor,
Francisco (de tan solo 18 años) acudió en ayuda de su familia, pero fue
reducido, detenido y subido a un camión junto a otros hombres y mujeres,
que corrieron su misma suerte. Nunca más nadie volvería a verlos con
vida. Francisco, gritaba a su madre, mientras el camión se alejaba…
Los cuerpos permanecieron varios días en
el exterior de la casa, fueron arrojados junto a la corraleta de los
cerdos, para que sirvieran de escarmiento a todo el que pudiera verlos.
Así lo dejaban bien claro y todos sabían lo que les esperaba si no
estaban con el nuevo régimen que surgiría del golpe de estado a la
república. Nadie supo, jamás donde fueron escondidos sus cuerpos. Nadie,
se ocupó de registrar nunca sus asesinatos. Hoy todos ellos aún siguen
vivos a efectos oficiales. Ninguna partida de defunción pone fin a sus
vidas legalmente.
Manuela Leiva, perdió ese día a su esposo Antonio Romero, a su nuera
Carmela La Gallega y a su hijo menor Francisco Romero. También perdió
para siempre a Rafael. Nunca volvería a verlo.Rafael Romero Leiva se exilió de por vida en Francia. Nos llegaron noticias de él por otros exiliados, que a su vuelta, pudieron dar fe de que Rafael Romero vivía. Contrajo de nuevo matrimonio en Francia con una española llamada Paquita y en los años noventa envió una carta con una fotografía, en la que decía: “… a nuestros queridos amigos y hermanos, en prueba de amistad y cariño. Rafael y Paquita”. A estas alturas, aún desconocemos si sigue vivo o tuvo descendencia. Hoy, a más de setenta años de estos sucesos, es una incógnita lo que fue de él. Todavía estamos buscándolo; AREMEHISA intenta encontrar su rastro o el de su familia en Francia.
Manuela, o Manolita, como la llamaban
sus amigas, al quedar viuda, volvió con los señores, a los cuales servía
cuando era soltera. Gracias a ellos, no sufrió las vejaciones terribles
de que fueron objeto las mujeres, hijas, esposas y madres de los
detenidos y desaparecidos, purgas, paseos en público desnudas, peladas
al cero, etc.… Vivió con su hijo Antonio, aquí en Aguilar, hasta que
falleció allá por los años sesenta. Acumuló todo el dolor que toda una
vida pueda soportar… Su mejor amiga y confidente en los últimos años de
su vida, la describe así:
“pasaba largas temporadas en nuestra
casa. Nos hacíamos mutua compañía. Era pequeña y de un moreno… adquirido
por el sol y el trabajo duro en el campo, totalmente arrugadita y muy
delgada; parecía que no había nada debajo de su bata, de lo delgada que
era. Lo que debió de sufrir la pobre, con el recuerdo del espanto y el
dolor de perder a sus seres queridos… y esos gritos de su hijo pequeño
llamándola y no pudiendo ella hacer nada. En nuestra casa se decía:
“Manolita, ha sufrido tanto, la pobre.”
El dolor de Manolita es el dolor de tantas otras… Francisca, Dolores, Asunción… de tantas y tantas madres, mujeres y esposas…

No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada